Pachacutec: Toma de Borla
Articulo
Pachacutec es sin duda al hombre más importante que américa del sur ha producido, sin duda uno de aquellos hombres que extemporáneos, causaron en el lugar que tuvo la suerte de verlos nacer, una revolución completa incongruente muchas veces al proceso regular de desarrollo en el que se encontraban, por supuesto al caer en cuenta de ello los orejones hicieron de su unción como dios sol y gobernante del Tahuantinsuyo, una de las ceremonias más fastuosas jamás vistas, cómo fue? Wayraq Perú Expeditions les trae una de las recopilaciones históricas de más bella narrativa que podremos encontrar, venida de parte de María Rostworowski a quien nuestro equipo de estructuración de contenidos a continuación presenta los respetos más altos.
De todas las comarcas vecinas llegaban a al Cuzco numerosas llamas cargadas de objetos para ritos y festejos. Del caluroso Anti eran traídas innumerables cestas de coca escogida, hierbas olorosas y resinas aromáticas; amontonándose los fardos en los depósitos de los templos. De los yungas llegaban conchas, indispensables para los sacrificios, así como rojos pimientos y rocotos para sazonar los potajes reales. Numerosas eran las finas telas y las armas confeccionadas, que servirían para los suntuosos ropajes de los señores. Expertos cazadores se aventuraban entre los riscos y picachos en busca de pájaros raros, cuyas plumas utilizarían para adornar el llautho del inca; otros cazaban fieros pumas y otorongos, sagrados cóndores y halcones. De las frígidas punas bajaban los pastores
arriando las llamas sin tacha que serían inmoladas al Inti, padre del futuro soberano.
E l movimiento se hacía cada día más grande, mientras de noche se iluminaban los cerros con los fuegos de los huayras, pequeños hornos para fundir los metales. Afanosamente trabajaban los plateros labrando la vajilla del nuevo inca, el vaivén de los preparativos se unía a l sordo ruido de los batanes, ocupación de las mujeres, que molían en maíz para la chicha, poco a poco se llenaban las panzudas tinajas y los frescos aríbalos con el fresco brebaje, necesario para los festejos y las libaciones rituales.
Atareados preparaban los sacerdotes los sacrificios que formaban parte importante de la inauguración de cada reinado; el menor olvido o descuido podría traer funestas consecuencias para la nación entera. La ira y venganza de los dioses eran temibles. En cuanto a los augurios, ellos iban a anunciar el encumbramiento y futuro esplendor del nuevo gobierno.
A medida que iba a acercarse el día de la ceremonia, hacían su entrada a la ciudad los invitados. Con gran fausto y pompa llegaban los confederados, atraídos por la fama naciente de Yupanqui y rodeados de brillantes sequitos. Modestos sinchis vecinos se mezclaban con los pequeños jefes, que abundaban en aquel entonces a pocas leguas del mismo Cusco. La derrota sufrida por los chancas, hacía prever el auge futuro de los incas. Cada uno traía consigo presentes y dones, según sus posibilidades, suaves mantas, metales preciosos y exóticas plumerías. Los señores que no podían acudir a las fiestas, enviaban sus emisarios cargados de regalos, en demostración de reconocimiento al nuevo inca.
Mientras en el Cusco la expectativa iba cada día aumento, el príncipe Cusi, encerrado en un aposento, se preparaba, rogando a los dioses por un feliz reinado. Hera costumbre que el heredero fuese sometido a un profundo ayuno; diez días no comía sino un poco de maíz crudo y no bebía más que agua pura. También le era prohibido to
do contacto con sus mujeres. La misma abstinencia era observada por los demás orejones, sino que les era permitido circular libremente por la ciudad.
El día del advenimiento, el soberano tomaba una ñusta por coya o reina. Era la esposa del sol que su padre le daba. Se convertía en la mujer principal, fuera de las numerosas concubinas que tenía el soberano. Al igual que su futuro esposo estaba la princesa recluida y sometida también al mismo ayuno.
Desde el alba designada para las ceremonias, la gran plaza del Aucaypata se llenaba de todos los principales personajes de la confederación. Eran curacas y señores orejones ataviados con suntuosos trajes y plumerías, luciendo labradas patenas de oro y plata. En un sitio eminente eran colocadas las estatuas del sol y los principales dioses, mientras las momias de los incas difuntos en impresionante y solemne cortejo llegaban rodeadas de sus descendientes. Lentamente ocupaban sus asientos de oro en lugares designados de antemano, y por orden de sucesión, los hurin al lado opuesto a los hanan, no faltaba ningún inca desde el fundador Manco Cápac.
Mientras tanto los sacrificios y plegarias se sucedían sin interrupción. En el templo del sol eran inmoladas llamas y pacos que no tuvieran defecto alguno, junto con venados, pumas, otorongos y diversos animales, excepto zorros, pues los tenían por mal agüero. Igual eran ofrecidas plumas y conchas traídas de la lejana Mama Cocha, coca y hiervas aromáticas. Al aparecer los primeros rayos solares se iniciaba el sacrificio más solemne el que solo se efectuaba en las circunstancias más grandes era el de la Cápac Cocha. Consistía en el sacrificio de niños entre los cuatro a doce años. Contadas eran las veces que recurrían a tan terrible ceremonia y solo se llevaba a cabo al tomar el inca la borla; al salir el soberano en alguna empresa peligrosa; a la muerte o enfermedad del príncipe, o cuando un peligro eminente se cernía sobre la nación.
Al momento que los doscientos niños de dos en dos, varón y hembra salían al templo, iniciaban los sacerdotes las plegarias al inti a fin de conseguir suerte y prosperidad para el soberano. Escogían para el efecto, las más hermosas criaturas, que no tuvieras tacha ni deformidad, las cuales ataviaban, para la ocasión, con lujosas vestimentas. El jefe de los sacerdotes, el Villac huma, iniciaba el primer sacrificio ofreciéndolo al hacedor, rogaba por una larga vida para el inca, u por sus futuras victorias “y hecha esta oración ahogaban a las criaturas, dándoles primero de comer y de beber a los que eran de edad a los chiquitos sus madres, diciendo que no llegasen de hambre descontentos a donde estaba el hacedor.
La misma ceremonia se repetía al ídolo del sol, al trueno, a la huaca Huanacauri y a Pachacamac con la invocación de: ¡Oh ¡!tierra madre! A tu hijo el inca tenlo encima de ti, quieto y pacífico.
A los niños los ahogaban y los enterraban junto con una numerosa vajilla de oro y plata y preciosas conchas de mullo (Spondylus sp.)
No quedaba ídolo ni huaca que no recibiera ese día alguna especie de sacrificio, pues tenían la superstición que si alguna le faltaba ofrendas tomaría más tarde venganza contra el Inca. Hasta los adoratorios de los cerros nevados subían los sacerdotes y desde el más alto que podía llegar, arrojaban con hondas, la sangre coagulada de los sacrificios a las cumbres inaccesibles.
Durante el tiempo que estos sacrificios se efectuaban en el templo del sol y en los diversos adoratorios, los señores reunidos en la gran plaza de Aucaypata, aguardaban la llega del Inca Viracocha. Al acercarse el viejo soberano al lugar de reunión, salió a recibirlo el príncipe Cusi y los saludó como a su señor. Una vez en la plaza ante los dignatarios reunidos y bajo el auspicio de los ídolos y momias reales se quitó el anciano monarca lentamente, la mascapaicha de la cabeza y se la puso en las sienes de príncipe Yupanqui. Era costumbre muy antigua que al recibir la borla, el que la entregaba había de nombrar al nuevo Inca con apelativo distinto al que ya tenía, el cual era el suyo de allí en adelante.
Al hacerlo dijo gravemente el desposeído monarca: “yo te nombro para de hoy en adelante, más te nombren los tuyos e las demás naciones que te fuesen sujetas, Pachacutec Yupanqui Capac Indichuri, que es hijo del sol que transforma el mundo”
Una vez coronado quiso Pachacutec que fuese el viejo inca quien le rindiese homenaje, P ara ese fin mando a traer una olla usada tal como se hallase en la primera casa y llenándola de chicha la entrego a Viracocha para que la bebiera, sin que dejara nada de su contenido. Cumplió le viejo soberano lo ordenado, y sin replicar palabra alguna, y al terminar se inclinó y pidió perdón por la deserción de Cuzco. Pachacutec lo levanto inmediatamente. Recibiendo Viracocha en todo momento el respeto debido de su rango.
Al exigir este publico homenaje, seguramente obedecía Yupanqui a su concepto de dignidad real y a asumía todas las responsabilidades que el cargo le exigía, al mismo tiempo que era una reparación hacia le Cuzco con el cual se identificaba.
Una de las insignias que recibía ese día el Inca, era un llautho del cual colgaba la mascapaicha sobre la frente. Esta era confeccionada de finísima lana roja, pasada por delgados canutos de oro fino, que terminaba desflecada sobre las cejas. Encima del llautho alsabanse dos pequeñas plumas de corequenque (qori q’ente). Las demás prendas eran el topayauri una especie de cetro de oro, emblema del mando; el suntur paucar, un asta cubierta de plumas; la macana, un arma con una estrella de metal puntiagudo en el cabo, el inca usaba en vez de cobre una extremidad de oro. Huaman poma dibuja al noveno monarca con una honda en la mano, advirtiendo que la piedra arrojada era de oro fino. Fuera de estas armas tenía el soberano un estandarte parecido a una banderilla cuadrada, tiesa y pequeña con los colores del arco iris pintados y dos culebras tendidas, Igualmente usaba un quitasol de plumas, aunque según los dibujos de Huaman Poma parece que fuesen las coyas las que lo empleaban.
Un aire de dignidad real y majestad emanaba de la joven figura del Inca. Pocos son los datos del aspecto físico de Yupanqui; sabemos que era alto y gentil teniendo una mirada que dominaba y subyugaba a cuantos lo rodeaban. Varios cronistas comparan sus ojos con los del puma.
Con la indumentaria real tomo Pachacutec asiento sobre una tiana de oro macizo, levantándose luego los principales a rendirle homenaje; iban “ los señores, uno a uno, comenzando los orejones y tras ellos los señores y caciques de mas pueblos , Y puestos delante del inca descalzos y con unas plumas pequeñas en la mano, llamadas tocto, de ciertos pájaros que se crían en los páramos volvían las palmas de las manos hacia el rostro del inca, haciéndole acatamiento, Y le pasaban las plumas por delante de la cara, meneándolas, y luego las daban a un caballero que estaba junto a él , el cual las tomaba y las recogía todas y después las quemaba, Juraban así mismo por el sol, levantando el rostro para él, y por la tierra de serle leales, y servirle en lo que les mandase.
Pachacutec como magnifico soberano, hizo a todos dones y mercedes, actitud que agrado sobremanera a los señores y curacas.
Como hemos dicho anteriormente, el inca tenia que tomar el mismo día de su advenimiento una coya como esposa. Pachacutec escogió a Mama Anahuarque, natural del pueblo de Choco, era una joven de cara redonda y hermosa, de ojos y boca chica “muy damada las manos y pies”. Murua asegura que era valerosa y belicosa; debe haber sido inteligente y decidida ya que posteriormente le entrego repetidas ves el Inca el gobierno del Cuzco durante sus ausencias. Tenía esta princesa por costumbre cuando estaba enojada o cuando reía, darse golpes en el pecho diciendo: “válgame ticsi viracocha runacamac”, y al pronunciar esta palabra caían al suelo los que la rodeaban, prosternándose ante el nombre de la divinidad. Cuenta Human Poma que al enojarse el Inca con la coya ponía ella la cabeza sobre el suelo, no moviéndose de allí hasta que su marido la llamara.
Sus nupcias se celebraron con más pompa que las que habían tenido lugar hasta entonces. Ante todo se dirigió el soberano acompañado de sus parientes al templo del sol, a fin de rogar a su padre el Inti, le otorgara una hija suya por mujer, pues decían que la ñusta no podía ser otra que la hija del mismo astro. Luego Yupanqui, con todo su sequito, fue a casa de la ñusta, que le estaba aguardando. Las calles por donde tenía que pasar el cortejo, estaban todas adornadas con mantas vistosas, no solo los lados de la ruta sino en las techumbres. La princesa esperaba al Inca rodeada de numerosos señores y acompañada de su madre. Al llegar el soberano, la joven con gran humildad le hizo un saludo, cayendo al suelo ante él. Apresuradamente la levanto Pachacutec entregándole ricos dones que consistían en vestidos de increíble finura y tupus de oro, al mismo tiempo que le rogo se vistiera con ellos.
De regreso a las sala, entró Mama Anahuarque ataviadas con las prendas donadas por su esposo. Lucía una larga Túnica, sujeta a la cintura por una ancha faja. Sobre sus hombros llevaba una pequeña manta de brillantes colores prendida con cuatro alfileres de oro, mientras sus cabellos sueltos y lisos tenían por todo adorno una vincha dorada y pintada.
Hacia ella fue el inca y acercándose a la joven tomó una oxata o sandalia adornada de oro y con sus propias manos calzó a la ñusta, siendo este acto una de las ceremonias del matrimonio. Hecho esto el viejo inca Viracocha se levantó de su asiento de oro, ya que presenciaba toda la ceremonia como el más ilustre invitado, y yendo hacia la nueva coya la abrazo y la besó, haciendo ella lo mismo. Luego Pachacutec besó igualmente a su mujer y le ofreció cien mamaconas para su servicio, i dando el Inca la mano a la princesa le dijo “vamos Coya” a lo cual respondió ella “si señor – solo Rey”. Todos salieron de casa de la joven y se dirigieron al templo del sol seguidos de los señores del reino. El suelo cubierto de espigas de oro y plata resplandecía en el puro aire serrano, mientras las telas y las plumas colgadas a lo largo del camino ondeaban en la fresca brisa.
En el templo lo aguardaba el gran sacerdote, ataviado de sus brillantes galas; al entrar el soberano al recinto sagrado; le entrego dos pequeños queros llenos de chicha. Lentamente vació el Inca el contenido al suelo ofreciendo e
l uno a sol y el otro a Huanacauri. Luego recibieron los dos esposos unas plumas de pilco y se sacrificaron dos llamas blancas al Inti, rogando el sumo pontífice por la felicidad y larga vida de los recién casados. Terminada la ceremonia se dirigió la comitiva al palacio del soberano, que estaba profusamente adornado y donde los esperaba comidas y festejos.
En la gran cancha tomaron asiento ya sea sobre tianas o finas mantas los señores y curacas según sus rangos y parcialidades mientras la tinajas y keros de chicha circulaban libremente entre ellos. En estas ocasiones se sucedían durante días enteros fiestas y regocijos. Las grandes reuniones tenían lugar en la plaza del Aucaypata, bajo el auspicio de las momias reales y presididas por el joven soberano y su anciano padre. En las oportunidades como la toma de borla del Inca, ejecutaban los tradicionales cantares sobre los tiempos pasados. Estas largas epopeyas solo podían ser narradas en presencia del monarca.
Iniciaban los cantos mirando al soberano diciendo:
¡Ho! ¡Inca grande y poderoso, el sol y la luna, la tierra, los montes y los árboles, las piedras y tus padres te guarden de infortunios y te hagan prospero, dichoso y afortunado sobre todo cuando nacieron! Sábete, que las cosas que sucedieron a tu antecesor son estas, y bajando los ojos al suelo principiaban a dar razón de las victorias y luchas de antaño, de los hechos heroicos y tristes, alegres y temibles de los tiempos pretéritos . Pero si algún soberano no se había mostrado digno de su rango, era castigado con el silencio, caía el olvido y la nada. Así cantaban primero la vida de un Inca, luego contestaban los coros, acompañados de tambores, replicando otro sobre diversos hechos. Horas duraban los cantos, hasta terminar con el último soberano, y, mientras tanto pasaban entre ellos los cantaros y los keros repletos de dulce y abrigadora asua.
O tras fiesta no eran tan solemnes, eran alegres reuniones donde los jóvenes bailaban, acompañados de tambores y pincullos. Igualmente ejecutaban el guayyaya, baile propio de los incas, danzado solo por los ayllus de sangre real; en él no podía tomar parte ningún forastero por encumbrado que fuese. Lo bailaban, sin brincos ni saltos, asidos de la mano los orejones y las pallas, moviéndose lentamente al son de un tambor tocado por una mujer. Los danzantes eran precedidos por el estandarte del soberano; en las grandes ocasiones el mismo inca tomaba parte de él.
Después de tres meses de regocijos; llegaban ya a su fin las fiestas del advenimiento del Inca Pachacutec. Antes de retornar a su tierra los señores principales de la confederación marcharon acia el palacio de soberano y con mucha humildad y respeto se dirigieron al Inca diciendo: “Señor mirad por la Coya, nuestra reina y señora; mirad que en vuestra mujer; tratadla bien y honradla mucho, no riñáis, señor con ella”. Y a ella decían otro tanto, encargándole mirase mucho por el Inca, y que pues era su marido, que le sirviese y obedeciese. Después le encargaban a ambos que mirasen mucho por los vasallos y pueblos que tenían a su cargo.
Al tomar licencia los curacas para retornar a sus tierras, eran colmados de regalos por el Inca, recibían un putti de preciosa Coca, joyas de oro y plata, mantas y finas plumas. Acabadas las fiestas; el Inca Viracocha manifestó su deseo de retirarse a Calca; tres meses había tardado en el Cuzco, asistiendo a todos los regocijos. Pachacutec lo colmó de todo lo que podía necesitar, y le rogo viniese a la ciudad cuando le placiera. Betanzos situa la toma de borla de Cusi Yupanqui, veinte años después del ataque al Cuzco por los chancas, al terminar la obra de reconstrucción de la ciudad. Es bastante dudoso que Pachacutec esperara tanto para legitimar su poder. Ahora bien, Betanzos nombra la muerte de Viracocha como sucedida diez años después de tomar Cusi la mascapaicha, si sumamos estos diez años a los veinte que pasaron según él, antes de la coronación de Pachacutec tenemos un total de 30 años. Por otro lado vemos que los cronistas nombran a Viracocha como de edad Muy avanzada, a la llegada de los chancas, lo que le impidió luchar contra el enemigo. Sabemos igualmente que este inca falleció de ochenta años. Siguiendo los datos de Betanzos, esto nos daría para Viracocha la edad de cincuenta años cuando el ataque a Carmenca por los Chancas, no estando de acuerdo este hecho con los datos que nos proporcionan otros cronistas. Por eso suponemos que Pachacutec no tardo en ceñir la borla, al ruego unánime de los orejones. En cuanto a Viracocha murió, diez años después de estos acontecimientos.
Fuente
María Rostworowski:
Fallecida tan solo el año pasado, un 6 de Marzo del 2016, el equipo de estructuración de con
tenidos de Wayraq, ha querido brindarles una pequeña parte de la narrativa histórica de este grandioso libro «Pachacutec», que lleva nuestra imaginación a tiempos de los que solo conocemos fragmentos enmarcados en lineas mal escritas, este es nuestro homenaje a esta gran mujer, y esperamos sea este un incentivo más a su lectura que consideramos debería ser prácticamente obligatoria.
Por su parte, «Pachacutec» se encuentra a nuestro parecer entre las narrativas hitóricas mas hermosas que enmarcan a este importantísimo gobernante en la más pura realidad sin animo alguno de menospreciarlo o alzarlo pues al final son sus hobras milenarias, que hasta el día de hoy perduran, las que dan testimonio real de ello.


